Jalpa de Cánovas                 

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         Información desde el punto de vista

de Don Cecilio E. Valtierra.

 Fue Don Cecilio E. Valtierra hijo de los plebeyos, pero con el alma de los nobles. El nació en la primera casita, de pacientes adobes, tejas inquietas y rozagantes plantas, que está bajo el fresno por el camino a la presa nueva, en Jalpa.

 

Queda en la memoria de Jalpa, dicen las gentes, que Cecilio era muy fervoroso, un cristiano, un campesino, fiel fruto de su tierra, de su historia, de su tiempo; Cecilio quedó ciego y, a las plantas del Señor de la Misericordia, como un niño al calor del regazo materno, se abandonaba a la bondad del que todo lo puede, y El Señor que conoce la bondad, la nobleza y la mucha fe de los pobres, le volvió la vista.

 

Don Cecilio E. Valtierra

 

Una pequeña ventana inusual, curiosa y caprichosa de casa a casa, por la callecita, comunicaba la casa de don José Cabrera, por muchas décadas un sacristán prestigiado, con la de Doña Polina, la mamá de Víctor López, el coronel cristero. Por esa ventanita, les decía Doña Apolinar, que se acordaba de Don Manuel Cánovas, más de 20 años antes de terminar el siglo XIX; era bajo de estatura, flaco, pero de una gran barba blanca, ojos de mirar profundo. Ah! Porque la dueña y heredera de la hacienda era su esposa, Doña Ygnacia Cevallos, promotora y benefactora del templo nuevo, quien falleció el 17 de julio de 1865. Don Manuel le sobrevive 22 años. 

 

En su siguiente matrimonio nace Guadalupe Cánovas, que quedó sola muy chica, pues don Manuel muere en enero de 1882. Doña Polina recordaba que don Manuel ya mal podía caminar, era llevado en andas, una gran silla sobre una plataforma y dos largueros, operada por cuatro peones de confianza, así iba a recorre las siembras del trigo. Lupita tuvo un fiel administrador y se casa en 1905 con una estrella de la burguesía mexicana, Don Oscar Braniff. Así describía Doña Polina a don Manuel.

 

Dicen, que, quizá en estos años, alcanzó Jalpa la más alta cima de su grandeza. Esta hacienda era una opción para sobrevivir, -un norte- desde las cercanías de San Juan, San Miguel y demás; se iba a Jalpa donde siempre había trigo en abundancia, y trabajo, naturalmente. Esto se manifestó en alguna sequía o calamidad regional. Así lo afirma el profesor Guillermo García Centeno, historiador de San Julián.

 

En 1908, el papá de Cecilio Valtierra, recibió el encargo de terminar, ya que era un gran talabartero, diez monturas y diez chaparreras. Fue orden del primer administrador de la finca, el norteamericano Enrique Moss. Se acercaba una fecha muy importate y , de enero a principios de mayo, debería estar terminada la tarea. El señor administrador quería que los mozos de estribo de la hacienda estuvieran bien equipados y sobresalieran entre todos los mozos. El estreno de monturas y ajuares charros sería para las fiestas del acabamiento del corte de trigo.

 

Eso hizo que Cecilio no fuera a la escuela y ayudara a su padre, lo mismo hicieron su hermana y su madre. De sol a sol y parte de la noche! Porque el hombre vale por su palabra, para eso es hombre... y no les iba a quedar mal a los señores...y, sobre todo, por disciplina, como debe ser...

 

 

Recuerdos de Jalpa

Para marzo del año de 1908 toda la finca ya rumoraba algo con respecto a los festejos que tendrían que desarrollarse con motivo del acabamiento del corte del trigo, pero antes de eso, tenían que hacerse los festejos de la inauguración de ese trabajo. El mismo señor Moss - administrador de la hacienda- contrató en la ciudad de México una compañía artística de variedades para que sus principales actores, con carácter de ex profeso, vinieran a dar una fiesta de esa materia. (Variedad). Esto fue en la última semana del mes de marzo, cuando, costeada por la hacienda, vino esa fracción de artistas. El último domingo del mes, por la noche, en el salón que para el efecto existía desde años atrás, tuvo su verificativo la fiesta de la inauguración del corte del trigo a la cual asistió el matrimonio Braniff Cánovas, (Los dueños, Don Oscar y Doña Lupita) sus hijos y amistades principales de la ciudad de México.



 

La gente de aquí ocupaba el resto del salón presenciando el trabajo de los artistas, quienes de todos sus actos, hicieron resaltar los números de prestidigitación, cosa nueva  y rara para todos en Jalpa.



 

A medida qe se acercaba la fecha fijada, se iban haciendo los preparativos para la fiesta. Esto acontecía en la última semana del mes de mayo de 1908. El Señor Enrique Moss, administrador muy activo y entusiasta, trabajaba empeñosamente para que esos festejos, que eran de moda para toda la gente de esta hacienda, resultaran los más lucidos posibles y dejaran escritos muy gratos recuerdos para él, en los anales históricos de la finca.



 

Fue el día 25 de mayo de 1908 cuando todos los mayordomos de los distintos ramos de la hacienda se presentaron acompañados del Señor don Exiquio Ayala, administrador de campo, ante el señor don Enrique Moss, a manifestarle oficialmente, que se había terminado de cortar la última espiga de trigo. El Señor Moss, a su vez, lo comunicó al Señor Oscar J. Braniff, dueño de la hacienda, quien en esa fecha se encontraba radicado en la ciudad de México.



 

Como la fecha de la terminación del trabajo fue un día de la semana, el festejo tendría que celebrarse el domingo próximo. Entretanto, venía el Señor Braniff, con toda su familia y numerosas amistades de la misma ciudad de México.  Cosa que no se hacía esperar tanto, dado que, siendo el señor Braniff ahijado del señor Porfirio Díaz, entonces presidente de la República mexicana, tenía, don Oscar, la francquicia de disponer de un ferrocarril especial para transportarse de aquella ciudad a esta hacienda a la hora que él lo quisiera. Así, en esas condiciones, en pocas horas se ponía en esta hacienda en viaje de ferrocarril expreso, sin escalas.



 

Entretanto el Señor Moss dispone la partida de cinco coches de fuerza animal para que, en la estación de San Francisco del Rincón, esperaran la llegada del Señor Braniff y demás, lo cual tendría que ser el sábado, víspera de los festejos. Efectivamente, ese día, a las cinco de la tarde, hizo su arribo a esta hacienda toda aquella familia que se esperaba, inclusive los artistas de variedades de la vez pasada.



 

Amaneció el domingo. Todos los varios millares (8) de trabajadores de la hacienda, estaban entusiasmados por tan fausto acontecimiento con que los honraba su administrador. Desde las primeras horas comenzaron a llegar, ya por insinuación del mismo administrador unos, y por curiosidad otros; estaban listos unos para obedecer y otros para presenciar. La plaza del lugar estaba congestionada de toda esa gente, así como de los muchos comerciantes que en ella se aprestaban a vender sus deliciosos productos. El camino real, rumbo al oriente, fue destinado y debidamente acondicionado, para que en él se verificaran las carreras, tanto cabrestos como pedestres. A un lado del camino se colocaron los palcos, uno que debería ocupar la familia principal de la casa y, el otro, las reinas que deberían presidir dicho acto.



 

La función empezó a las diez de la mañana, nos correspondió, a los niños de las escuelas, ejecutar las primeras carreras sobre obstáculos de sesenta centímetros de altura, repartidos en todo el carril, distantes cincuenta metros uno de otro. Allí fue donde yo y mis compañeros dimos muestra de facultades gimnásticas, salió avante, en primer lugar, Espiridón Rodríguez y así sucesivamente. Todos los vencedores pasaron al palco de las reinas a recibir su condecoración. Siguen las carreras de caballos enjinetados y luego todas las demás en distintas formas. Todo esto terminó a la una de la tarde.



 

De allí se dirige toda la gente al tejaban de la hacienda, toma la tribuna el señor Moss y, después de dirigir algunas palabras al señor Braniff y demás visitantes, destapa dos redes de dinero de plata, llenas de monedas, de tostones, veintes, décimos y quintos, las cuales desparramaba a puños sobre la multitud, que deseosa de hacerse del condiciado metal, se atropellaban unos con otros.



 

Por la noche a las siete horas, estaban reunidos en el lugar donde se verificaron las carreras, una caballería compuesta de seiscientos jinetes partiendo de allí rumboi al centro de la hacienda, cada uno llevaba un hachón de brea encendido. A la cabeza de dicha cabalgata iban los administradores Moss y Ayala, sucediéndolos todos los mozos de estribo y caballerangos; lucían, en sus caballos y en su cuerpo, aquellas monturas y chaparreras, cuya fabricación causó a Cecilio muchos sufrimientos; más atrás iban los mayordomos y ayudantes, luego los trabajadores que, por su cuenta, tenían buen caballo para tomar parte en dicha formación.



 

Las fachadas de la casa principal y de las casas, que rodean la plaza, estaban iluminadas con farolitos de papel de varios colores. Fuera de la casa principal, toda la familia Braniff presenciaba aquel desfile que, al mismo tiempo manifestaba hacia ellos admiración y respeto de todos los "indios" como los llamaban los señores Braniff.



 

A las nueve de la noche dio principio la fiesta teatral, al terminar la cual, la Señora María de la Luz Arcocha, media hermana de la señora María Guadalupe Cánovas de Braniff, repartió ropa y juguetes a los niños pobres de la localidad, que lo eran casi la totalidad. Con este acto, pasada la media noche, se dio fin toda esta serie de festejos que se hicieron con motivo del acabamiento del corte del trigo, dejando en todos los presentes, muy faustos recuerdos. Los dueños y administradores de la hacienda fueron despedidos con vivas y aplausos.



 

El principio del siglo XX, el pionero de la aviación Oscar Braniff y su esposa Lupita, eran los dueños de Jalpa. La revolución los hizo huir y el reparto agrario trajo la decadencia de la vieja encomienda de Jalpa de Cánovas.

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